Nuestras lecturas: Christian Philosophy

Christian Philosophy book cover
Portada del libro

Libro: Bartholomew, Craig G., y Goheen, Michael W., Christian Philosophy: A Systematic and Narrative Introduction. Grand Rapids: Baker Academic, 2013.
Traducción del título al español: Filosofía cristiana: una introducción sistemática y narrativa.
Formato de la recensión: electrónico.
Páginas de la edición física: 302
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No es fácil publicar materiales cristianos con contenido filosófico. El cristianismo evangélico que vino por estas tierras tuvo un fuerte tinte norteamericano y anglosajón, y en tal calidad heredó lo peor de esa tradición: el antiintelectualismo limitante y el pragmatismo llevado al extremo del descaro. Todo ello juega en contra del interés de desarrollar un cristianismo con bases intelectuales sanas. Sin embargo, debemos reconocer los valientes esfuerzos de quijotes como Alfonso Ropero, quienes han tratado de dar una respuesta a esta necesidad.

En la actualidad inmediata el ánimo ya no es tan desalentador. Hay intentos de traducción de obras serias de filósofos tales como Alvin Plantinga, Nicholas Wolterstorff, o el querido profesor John W. Cooper. Pero aun así, en el campo de la filosofía con orientación protestante, prácticamente todo está por hacerse en el ámbito hispano.

Es en este contexto que me puse a leer con mucha curiosidad e interés este libro de Craig G. Bartholomew y Michael Goheen. Bartholomew, sudafricano de tradición anglicana, entró en contacto con el neocalvinismo en Potchefstroom. Luego pasaría a ocupar la Cátedra H. Evan Runner de Filosofía en el Redeemer University College de Canadá hasta 2017; este libro fue escrito mientras era titular de esta cátedra. Michael W. Goheen, misionólogo canadiense de tradición presbiteriana, también tuvo una distinguida trayectoria por instituciones asociadas con el calvinismo y neocalvinismo, inclusive el Calvin Theological Seminary, enseñando sobre cosmovisión cristiana. Actualmente enseña en Covenant Theological Seminary.

Bartholomew y Goheen produjeron en colaboración una trilogía significativa de libros. El primero es The Drama of Scripture: Finding Our Place in the Biblical Story (2004; segunda edición, 2014), una introducción narrativa a la Sagrada Escritura; luego vino Living at the Crossroads: An Introduction to Christian Worldview (2008), una exploración del concepto e implicaciones de una cosmovisión cristiana reformacional; y finalmente viene este libro. Como parte de la trilogía, comparte un cierto enfoque accesible, un énfasis narrativo, y un simpático intercambio en correo electrónico entre dos estudiantes universitarios, Abby y Percy. La filosofía puede ser un tema difícil, pero la particular dinámica que aportan los autores se presta a un tratamiento ágil.

El libro tiene tres partes:

  1. Un abordaje a la filosofía cristiana
  2. El relato de la filosofía occidental
  3. La filosofía cristiana, hoy

La primera parte tiene solamente dos capítulos, pero creo que aquí está una de las mejores contribuciones del libro. Sin ser una palabra definitiva sobre la cuestión, en dos capítulos trata de presentar a la filosofía como ciencia intelectual, por un lado; y por el otro, trata de justificar el valor de una filosofía como saber cristiano y como labor cristiana. El tono amigable y narrativo conspira en parte contra una justificación intelectual plena, pero al menos es un intento admirable.

La segunda parte es la más extensa. Se trata de nueve capítulos dedicados a la historia de la filosofía, contada de una forma narrativa. En cierto modo, esta es la parte más débil del libro. Se trata de aproximadamente 200 páginas que pretenden cubrir todo el itinerario del pensamiento filosófico occidental, desde los presocráticos hasta Frege, Foucault y Gadamer. Como podrá imaginarse, el logro es dudoso y se obtiene a costa de una excesiva simplificación, que al final deja a cada pensador privado de su esencia distintiva. Los tratamientos de pensadores tan importantes como Aristóteles, Kant y Spinoza son especialmente decepcionantes. El estudiante cristiano que desee informarse mejor sobre el panorama histórico de la filosofía tiene mucho mejores recursos en el clásico libro de Diogenes Allen (en segunda edición con Eric Springsted) Philosophy for Understanding Theology, en inglés; en español puede consultar la magistral obra de Wolfhart Pannenberg, Una historia de la Filosofía desde la idea de Dios, o inclusive, desde un punto de vista más general, la Historia de la Filosofía de Julián Marías.

La tercera parte traza un panorama sintético de lo que es la filosofía cristiana actual a criterio de los autores. Desgraciadamente, tenemos aquí una versión sumamente reduccionista, que pinta a brocha gorda las enormes y significativas corrientes filosóficas cristianas contemporáneas. Pero luego tenemos tres capítulos que valen la pena, dedicados a la filosofía reformada y calvinista, que es considerada como los autores como quizás la única filosofía protestante auténtica y fiel a la Sagrada Escritura.

A tal efecto, los autores dividen al pensamiento calvinista en dos escuelas: una, principalmente angloamericana, marcada por la epistemología y la filosofía analítica; y por el otro lado, una filosofía de tipo continental, gestada bajo las influencias de Husserl y el hegelianismo, representada por Dooyeweerd y Vollenhoven, conocida como filosofía reformacional.

El libro ofrece dos capítulos dedicados a la epistemología reformada de Plantinga y Wolterstorff, escritos de manera perceptiva y que invitan a la lectura de los autores mencionados. Finalmente, hay un capítulo dedicado a lo que los autores llaman «filosofía reformacional», es decir, la filosofía de la idea cosmonómica de Herman Dooyeweerd y Dirk H.T. Vollenhoven. Bartholomew confiesa ser partidario de esta escuela y junto con Goheen nos da una síntesis admirable del pensamiento reformacional. Creo que este capítulo aislado justifica el libro; no encuentro hasta ahora una mejor descripción de este movimiento filosófico, en términos comprensibles y lúcidos. Más aun, los autores se ocupan especialmente de presentar el pensamiento de Vollenhoven, quien normalmente no tiene mucha cabida inclusive en síntesis especializadas de esta escuela filosófica.

Finalmente, la conclusión reafirma las ideas presentadas e invita a hacer filosofía, destacando la necesidad de que más cristianos tomen en serio a la disciplina. Luego le sigue una interesante bibliografía anotada para lectura adicional.

Una de las mejores características de este libro no es específicamente su texto principal, sino las notas al pie: están llenas de referencias que animan a la lectura de fuentes primarias y secundarias. Por tanto, aun cuando este libro pudiera no ofrecer mayor valor al lector con cierta formación intelectual, sin embargo brinda excelentes sugerencias para ampliar el estudio.

Es difícil pensar en Christian Philosophy como la obra definitiva que hará superar la crónica (en el primer mundo) y aguda (en América Latina) deficiencia de materiales de reflexión filosófica con orientación evangélica y protestante. La sección de historia de la filosofía es especialmente decepcionante e inadecuada.

Sin embargo, el libro tiene características que lo hacen muy rescatable. Primero, los capítulos de la primera y tercera partes constituyen un gran aporte a la filosofía evangélica. Segundo, tanto la bibliografía comentada como las citas bibliográficas de las notas al pie constituyen un excelente trampolín para ampliar conocimientos; se nota la amplitud de las lecturas de los autores. Para la parte histórica, sin embargo, creo que el lector puede recurrir a obras mejores y más completas. Habiendo dicho esto, Christian Philosophy es una obra introductoria que ofrece un aporte significativo al área, y ofrece mucho de provecho a cada lector. Pese a las objeciones, recomiendo su lectura. Sería maravilloso contar con una obra así disponible en español.

Actualización: El periódico El Trueno tuvo la gentileza de publicar este artículo en su medio. Desde ya muchas gracias por el espacio.

Animar y edificar

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Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán.

Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. Pues los que duermen, de noche duermen, y los que se embriagan, de noche se embriagan. Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.

Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él. Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis.

1 Tesalonicenses 5:1-11

San Pablo nos recuerda en su carta a los Tesalonicenses que los acontecimientos del fin se darán de manera «repentina» e inevitable, de manera que nadie podrá escapar a ellos. En otras palabras, estamos hablando de algo inminente; no sabremos cuándo sucederá, pero sabemos que no hay condición o requisito alguno que impida tal suceso. El Señor puede venir hoy mismo, al segundo siguiente, o dentro de mil años (2 Pedro 3:8–10). Es igual.

Entonces cabe la pregunta: ¿estamos preparados? San Pablo nos dice que somos hijos de la luz; no pertenecemos a las tinieblas y en consecuencia, la actitud correcta ante la venida del Señor puede considerarse bajo dos aspectos:

  1. «Velemos». Es decir, «no durmamos como los demás». No nos dejemos engañar. No nos dejemos llevar por cantos de sirena, por «doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error» (Efesios 4:14). Al contrario, hay que vigilar firmes, constantes, en la verdad, listos para la batalla; con fe, amor, y la esperanza de salvación como protecciones firmes y seguras.
  2. «Seamos sobrios». Esta es una de tantas exhortaciones que encontramos en la Biblia a la sobriedad; la virtud que busca moderación por sobre todas las cosas. Evitemos los extremos; evitemos los excesos. «No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte?» (Eclesiastés 7:16). Antes que excesos, busquemos orden, paz, tranquilidad y misericordia. Lamentablemente, la sobriedad no vende. Un culto sobrio es un culto «frío». Una oración sobria es una oración «falta de unción». Un himno sobrio es «aburrido».

Preguntémonos: ¿qué buscamos al servir al Señor: una descarga emocional, o servir al Rey de Reyes como Él quiere ser servido, con diligencia y sobriedad? ¿Qué buscamos en la vida cristiana, en el culto, en la vida de oración: una droga emocional o someter nuestras almas a Cristo? Si queremos responder correctamente, recordemos la exhortación apostólica: «seamos sobrios».

Finalmente el Apóstol nos recuerda nuestro destino final: estar con Jesucristo. Y mientras le esperamos, nos recuerda nuestra tarea como miembros de la iglesia:

a) «Animaos unos a otros». Vivimos en un mundo lleno de dificultades y sinsabores. Borges decía del ser humano, que «en cada esquina lo anda acechando el mal rato». Esta situación se refleja en la Iglesia; hay demasiados hermanos y hermanas que llevan cansados el peso de una angustia personal casi insoportable. No sabemos cuáles son las tragedias y fracasos de nuestro hermano; pero sí podemos darle ánimo. No cuesta mucho preguntar cómo está, cómo se siente, cuáles son sus motivos de oración; y tampoco cuesta darle una palabra de elogio sincero, una palabra de ánimo, de paz y de consuelo. No cuesta mucho orar por él o ella, y por sus intenciones. Pongámonos como meta hacerlo siempre que podamos.

b) «Edificaos unos a otros». No solamente necesitamos ser sostenidos, sino que necesitamos crecer. Crecer en la oración, crecer en la comunión unos con otros, crecer en la lectura de la Palabra, crecer en el amor de Dios, en la semejanza de nuestro Señor Jesucristo. Ayudemos a nuestro hermano a crecer; ayudémonos unos a otros a orar, a estudiar la Palabra, a adorar juntos en el culto, a dar gloria a Dios en cada aspecto de nuestra vida.

Animar y edificar; sostener y crecer. Cristo ya viene; pero mientras llega, animando y edificando ya construimos su Reino en la Tierra, y anunciamos su Evangelio al mundo que lo rechaza. Vigilemos y seamos sobrios, para así cumplir fielmente su voluntad.

Señor Dios, Padre Todopoderoso, que mediante tu Espíritu nos has congregado en la Iglesia de tu Hijo Jescuristo: danos la sobriedad necesaria para estar vigilantes en pos del regreso del Señor, animándonos y edificándonos mutuamente para gloria tuya y proclamación de tu Evangelio. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Destete

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Como un niño destetado de su madre;
Como un niño destetado está mi alma.

Salmos 131:2b

En algún momento nos llega y tenemos que enfrentarla. El postrer enemigo, la pálida, la Parca… la muerte, ese poder maligno que nos arrebata sin pausa lo que más amamos. Lo hace de muchas maneras. Puede ser de improviso, sin avisar y repentinamente; en un instante determinado estábamos conversando y alegrándonos con alguien, y al instante siguiente esa persona ya no está. O puede ser después de una enfermedad penosa y larga, en donde esa persona amada se nos va apagando, y vemos impotentes cómo la vida le va dejando, poco a poco, sin que podamos hacer nada por detenerlo. En cualquier caso está claro: la muerte es una enemiga despiadada y cruel. Allí quedamos nosotros, sin ese ser querido, con nada más que sus recuerdos, o las pocas cosas que dejó atrás y que nos hablan de él. ¿Qué hacemos ahora..?

Este salmo, aunque no parezca, nos habla de esta realidad. Parece, y está, empapado de imágenes maternales. Nos proyecta la imagen de un bebé, un infante, un niño muy pequeño, completamente confiado en el cuidado de su amorosa madre, quien lo cuida con ternura infinita. Probablemente, si abrimos algún comentario sobre el texto, es lo que nos diría. Más aun; una consulta a varias traducciones nos indica que varios traductores han interpretado esta imagen como la de un niño recién amamantado, y satisfecho. Sublime ternura, sin duda; pero no muy correcta.

Efectivamente, el salmo habla de un niño pequeño, como dijimos, completamente confiado en el tierno cuidado de su madre; una ilustración clásica del amor infinito de la maternidad. Pero la imagen no es la de un niño contento, satisfecho y amamantado, sino todo lo contrario.

Como siempre, la Biblia tiene formas de apuntar a realidades durísimas con suma franqueza, y aquí tenemos un claro ejemplo. Este niño, rodeado del sublime amor de su madre, no está contento. No está feliz. Está destetado. Esa es la palabra empleada en el original: destetado. Su forma habitual de alimentarse y relacionarse con su madre, terminó. Ya no sigue más. Aquello que era conocido y seguro, su refugio en donde podía hallar alimento y afecto, le fue arrancado, y ya no podrá volver a hacerlo nunca más. Como dice el diccionario en una de sus acepciones, es «apartar a los hijos de las atenciones y comodidades de su casa para que aprendan a desenvolverse por sí mismos».

No hay forma de evadir esta realidad. Es un cambio traumático, brutal, durísimo. Es la vida que avanza, y que exige cortes y negativas. Por parte del niño, implica dolor, molestia, enojo, y sensaciones de abandono.

Es esta la sensación que describe el salmista. ¿Cuál es la circunstancia que lo ha motivado? No podemos saber, pues no se nos brinda ese detalle. Pero sabemos la confesión de su dolor: «como niño destetado está mi alma». A mi alma —dice el Salmista— le arrancaron algo o alguien a quien quería muchísimo. A mi alma se le ha negado aquello que era tan común hasta hace poco, tan cotidiano, pero que ahora ya no será nunca más. Es la experiencia del destete; es la experiencia de la separación, del alejamiento, de la pérdida; de una soledad existencial, vital, de un agujero en el alma que nunca podremos llenar. Es la experiencia del dolor, algo que nos toca vivir en esta vida; es nuestro destino, si a algo podemos llamar así.

Esa es la experiencia que nos toca vivir cuando alguien cercano y amado nos deja. Solo queda el vacío, y las ansias de algo que ya nunca más experimentaremos. Una sonrisa, una palabra de cariño, nuestro nombre pronunciado por ese ser amado, el sonido de su voz, su mirada, su ánimo; cosas conocidas, pero que nos han sido destetadas, arrancadas, eliminadas. «Como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma».

No hay vuelta atrás para este dolor, ni para lo que viene con él. Podemos sentir tantas cosas: insomnio, agotamiento, irritabilidad, y a veces el llanto, o muchas otras cosas. Como el niño destetado, retroceder no es posible. Con este dolor tenemos que vivir, tenemos que intentar seguir, pero ¿cómo? ¿Cómo ir adelante, si lo que más queríamos nos fue arrancado…?

La Palabra de Dios nos indica que una solución efectiva es aferrarnos a la esperanza. Como nos dice el versículo 3: «espera, oh Israel, en el Señor, desde ahora y para siempre». Porque Él nos promete que algún día, alguna vez, todo dolor va a pasar. Mediante el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, Dios «enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo ha desaparecido» (Apocalipis 21:4, BLPH). Hoy la muerte pudo tener una victoria momentánea, pero va a llegar ese día en el cual, mediante la preciosa sangre de Jesucristo, nuestro Señor, esto se va a acabar, y la muerte se irá para nunca más volver. Tenemos esperanza (1 Tesalonicenses 4:13) gracias a Cristo Jesús.

En medio de este vacío, de esta sensación de embotamiento en donde todo tiene el mismo color gris, el mismo sabor insípido, el mismo peso de rutina, confiemos y esperemos. Llegará el día en donde la sensación de ser un «niño destetado» quedará en el pasado, definitivamente. Si estás enfrentando el dolor de una pérdida, te invito a confiar en Aquel que lo perdió todo para darnos la posibilidad de vivir.

Señor Dios, que diste a tu hijo Jesucristo para darnos la vida eterna por los méritos de su redención: Ayúdanos a esperar en ti, y mediante tu Espíritu Santo, consuélanos de tanto dolor que nos toca vivir, y también consuela a tanta gente que debe vivir pérdidas indecibles, para que tengamos esperanza y salgamos adelante fortalecidos con tu gracia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Una súplica ante la aflicción

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Afligido estoy en gran manera;
Vivifícame, oh Jehová, conforme a tu palabra.

Salmos 119:107

El Salmo 119 es el capítulo más largo de toda la Biblia. Es un largo poema acróstico; cada letra del alfabeto hebreo (22) sirve de inicial a ocho versículos cada una, totalizando así 176 versículos. Su tema principal es, como nos dice el encabezado en la versión Reina-Valera 1960, cantar las «excelencias de la ley (o instrucción, o enseñanza) de Dios». Aun así, la mayoría de los estudiosos de la poesía hebrea no lo considera un ejemplo de alta calidad poética, considerando a otros salmos y poemas hebreos como mejor situados en esta categoría.

A pesar de todo lo dicho, el Salmo es una verdadera maravilla. Leer y meditar en él es una oportunidad de unir el placer estético con enseñanzas que a uno lo dejan humillado, asombrado, sorprendido; pero siempre con ánimo y consuelo. Cada versículo, cada línea del acróstico tiene tanta riqueza de contenido que bien puede ser la base de al menos un sermón completo, y apenas estaríamos raspando la superficie. Así es la multiforme sabiduría y gracia de nuestro Dios (Efesios 3:10; 1 Pedro 4:10).

En primer lugar, una vez más el Salmo 119 nos ofrece una pequeña joya llena de consuelo y paz. Nos habla de aflicción. Ya nos avisó el Señor Jesucristo: «en el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33). De hecho, esta enseñanza del mismo Cristo en el evangelio de San Juan es un paralelo muy apropiado de este versículo.

El Salmo, y también Jesucristo nuestro Maestro, en su instrucción (torah), nos brindan un muy necesario equilibrio bíblico ante el triunfalismo imperante en tanto discurso pseudoespiritual. En muchas ocasiones, en nuestros ambientes eclesiásticos nos hacen cantar himnos que dicen «Feliz, cantando alegre / Yo vivo siempre así…», y nos hablan del gozo, de mostrar una carita feliz a los ojos de todos, especialmente a los de afuera. Pero la realidad es otra. «Afligido estoy». Esa es la realidad. «En gran manera»; esa es nuestra porción de la vida. Soy cristiano, pero confieso que no puedo cantar ese himno con sinceridad.

A diferencia de ese discurso falso y triunfalista, la Biblia nos habla con la verdad cruda. ¿Gozo? No; aflicción es lo que hay, y en gran manera. La aflicción de un corazón roto; de ver a un ser querido irse intempestivamente, sin haber dado una palabra de adiós. La aflicción de ver necesidad, dolor, enfermedades, alrededor nuestro sin poder dar siquiera una respuesta. La aflicción de saberse objeto de incomprensión o de prejuicios, de murmuración, de maldad, de intrigas. La aflicción de saber que el ser amado se aleja de nostros. La aflicción; esa es nuestra parte en la vida, «en gran manera».

Es bueno reconocer esto. Es bueno reconocer que muchas veces no estamos bien. No precisamente para recibir compasión o empatía (esa palabra tan prostituida) de otras personas; sino para ser sinceros, ir con la verdad, y mostrar a otros que el cristianismo no es una droga, una píldora, un sedante emocional que nos atonta y nos calma el dolor sin atacar la causa. El cristianismo es gozo y paz, sin dudas; pero para llegar allí tenemos que pasar por el valle de la sombra de muerte, el valle del dolor. En el mundo, dice el Señor, tendremos aflicción.

En segundo lugar, ante la aflicción que vivimos en esta vida, la respuesta del salmista es suplicar a Dios. Este ruego es claro: «vivifícame, oh Señor». Dame vida, Dios mío; dame las fuerzas para seguir. Dame ganas de vivir y seguir adelante, porque sin eso no voy a durar un solo segundo. Dios, mediante su Espíritu Santo, es el Dador de Vida (Juan 6:63); Él es quien da vida a los muertos, y llama a las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17). La aflicción, esa muerte en vida, tiene un solo remedio y es Aquel que nos da vida, aquel que es vida para nosotros.

Entonces cabe preguntarnos: ¿cómo respondemos ante esta dura aflicción? Buscamos un calmante, o buscamos a la Vida misma, el Señor todopoderoso, la única respuesta posible? ¿Cómo está nuestra vida interior, nuestra relación personal? ¿Estamos dispuestos a buscarle y a pedirle que nos dé esa vida que necesitamos? Pero sobre todo, ¿estamos en condiciones de tener esa vida? Examinémonos; como dice la Palabra, «revisemos nuestras sendas y volvamos al Señor» (Lamentaciones 3:40 BLPH).

Finalmente, el salmista pide al Señor que le dé vida «conforme a su palabra». Puede parecer poco importante, pero aquí se encierra una lección profunda.. Una vez más estamos frente a la Palabra. En el principio era la Palabra; y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios (Juan 1:1). Dios no es una fuerza bruta impersonal que administra castigos y consecuencias con la impersonalidad del karma oriental, o el relojero que dio cuerda a la creación, dándole leyes, y se desentendió de ella.

No, amigos queridos. Dios no es así. Dios es una persona que está activa y presente en el universo y en nuestra existencia. Pero sobre todo, Dios es alguien que ha hablado (Hebreos 1:1). Dios no se quedó callado. El tiene un mensaje, algo que comunicar a la humanidad. Esa Palabra es vivificante; esa palabra da vida y esperanza. Ese mensaje supremo de Dios es un mensaje de consuelo, una buena noticia de esperanza y paz. Es el mismo Dios dándose a conocer, porque la Palabra es Dios (Juan 1:1).

Esa Palabra, que vivifica, que anima, que llama a las cosas que no son, como si fuesen, determinó un momento histórico en el tiempo y en el espacio en donde se hizo carne, ser humano, y habitó entre nosotros (Juan 1:14). Dios nos vivifica por su palabra; y especialmente por Jesucristo, nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero Hombre, Palabra encarnada de Dios.

En conclusión, la enseñanza de este versículo del Salmo es inagotable en su riqueza. Nos deja varias lecciones:

  1. Debemos superar la idea de que en el cristianismo todo es alegría, todo es bello y lindo. El cristianismo no es un cuentito de hadas. Se nos promete un final feliz; pero mientras tanto, la aflicción es dura, es cruel, y es algo por lo cual vamos a tener que pasar en algún momento.
  2. Ante la aflicción, busquemos a Dios en oración, y pidámosle a Él que nos dé vida.
  3. Esta vida se da solamente mediante la Palabra. ¿Estudiamos la Palabra? ¿Buscamos conocerla, incorporarla a nuestras vidas, vivirla como una enseñanza real?
  4. Especialmente, necesitamos esta relación real con la Palabra encarnada de Dios, Jesucristo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Juan 5:12).

Solo en Jesús, Señor nuestro, podremos superar definitivamente la aflicción. «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Que Dios Padre, mediante Jesucristo su Hijo, Palabra encarnada, y la poderosa acción del Espíritu Santo, nos dé vida, consuele nuestra aflicción y la transforme en vida, paz, y gozo. Amén.

Vestirse

Black Framed Eyeglasses On White Jacket And Blue Denim Bottoms

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.

La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Colosenses 3:12-16

Aquí el Apóstol Pablo nos indica una triple bendición del cristiano por parte de Dios:

  1. La primera bendición es que somos escogidos por Dios. Él nos eligió desde antes de la fundación del mundo para ser santos y sin mancha delante de él, para alabranza de la gloria de su gracia (Efesios 1:3-6). Al escogernos, Dios cambia nuestra historia y nuestro destino; de estar destinados a la muerte, ahora recibimos vida eterna y esperanza por la preciosa sangre de Cristo.
  2. La segunda bendición es que somos santos: Somos apartados, somos un pueblo apartado, adquirido por Dios para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9), santificados porque Dios mismo es santo (1 Pedro 1:15-16).
  3. La tercera bendición es que somos amados. Dios nos amó primero (1 Juan 4:19) por su gran misericordia. Al amarnos, nos adoptó como sus hijos, hermanos de Jesucristo, miembros de la familia de la fe. Gracias a su misericordia Dios nos quiere a pesar de todo; a pesar de nuestros enormes pecados, a pesar de nosotros mismos, a pesar de que no merezcamos este amor. Pero Dios nos ama a tal punto que nos dio a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Esta triple bendición determina ciertas prioridades. Pablo nos dice que tenemos que «vestirnos» de ciertas virtudes. Al decir que nos vistamos, está indicando la importancia de este consejo. Para un ser humano normal, la vestimenta no es un lujo; es una necesidad básica, fundamental. Carecer de lo necesario para vestirse ubica a la persona en el rango de pobreza extrema. Por tanto, vestirse es importante.

El Apóstol aquí nos indica que debemos vestirnos de misericordia entrañable, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Son cinco virtudes: fáciles de entender, fáciles de señalar y caracterizar, pero muy difíciles de ponerlas en práctica. Pero así como la vestimenta nos identifica, estas virtudes identifican al cristiano.

Si queremos mostrar que somos escogidos de Dios, seamos humildes y misericordiosos con los demás.

Si queremos mostrar que somos santos, demostremos ser mansos y pacientes, aun en los momentos más amargantes de nuestra vida.

Si queremos mostrar que Dios nos ama, vistámonos de amor y paz, y demostremos ese amor a otros.

Humildad, mansedumbre, paciencia; benignidad, misericordia, amor y paz. Este es el uniforme, la ropa del cristiano, que debe revestir su alma.

Por eso preguntémonos hoy: ¿Cómo vivo estas virtudes? ¿Cómo mejorarlas? La respuesta de la Palabra es clara: «Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebreos 12:3).

Las cosas no están fáciles. Estamos en un tiempo lleno de angusta, contrariedades, y desesperación. El presente y el futuro están signados por la incertidumbre para todos; y para muchos, por el dolor insoportable de pérdidas muy difíciles de superar. Ante esto, recordemos el consejo de Pablo y vistámonos de benignidad, de misericordia, de amor; y dejemos que la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7) sea quien gobierne nuestras vidas.

Que el amor y la gracia del Señor Jesucristo, Aquel que nos enseñó la mansedumbre, la paciencia, la humildad, el amor y la misericordia, estén con nosotros siempre; y que el mismo Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, bendiga nuestras vidas, nos renueve de esperanza, y nos transmita su paz. Amén.

¡Feliz Cumpleaños, Juan Calvino!

Autor: Moncornet, Baltazar – Fecha: 1616 / 1665

Hoy celebramos el 512 cumpleaños de Juan Calvino. Abogado, pastor, teólogo, político y reformador de la Iglesia, es uno de los gigantes de la cultura occidental por derecho propio. Nacido en Noyon (Francia) el 10 de julio de 1509, falleció en Ginebra (Suiza) el 27 de mayo de 1564. Dejó una gran cantidad de obras pero el trabajo de su vida fue la Institución de la Religión Cristiana, manual de instrucción en la fe modelado en dos textos que fueron formativos para él: la Institutio Oratoria de Quintiliano y las Institutiones de Justiniano (parte del Corpus Iuris Civilis, la base de nuestro derecho romano).

A Calvino le admiro por muchas razones; pero uno de sus rasgos que más me llama la atención es el equilibrio que logra entre la profundidad doctrinal y la moral cristiana; y dentro de esta última, por la armonía que logra entre las exigencias inquebrantables del servicio a Dios y la realidad práctica de la vida. Aun hoy, sigue hablando a los problemas del cristiano y la Iglesia de manera cruda, directa, pero siempre ofreciendo ayudas prácticas.

Ya es hora de que como Iglesia, sin sectarismos y sin prejuicios, aprendamos a valorarlo y a recuperarlo. Con sus 512 años, Calvino sigue hablándonos, enseñándonos, y señalando el rumbo al pueblo de Dios.

Si creemos que el único medio de prosperar y de conseguir feliz éxito consiste en la sola bendición de Dios, y que sin ella nos esperan todas las miserias y calamidades, sólo queda que desconfiemos de la habilidad y diligencia de nuestro propio ingenio, que no nos apoyemos en el favor de los hombres, ni confiemos en la fortuna, ni aspiremos codiciosamente a los honores y riquezas; al contrario, que tengamos de continuo nuestros ojos puestos en Dios, a fin de que, guiados por Él, lleguemos al estado y condición que tuviere a bien concedernos.

Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, III:vii,9

Empezamos

Es un largo camino el que nos toca recorrer…

¡Bienvenidos!

Hace un tiempo ya, varios amigos y hermanos me plantearon la posibilidad de iniciar un blog en castellano.

Ya tengo este blog en inglés, y además tengo un sitio estático en castellano en donde tengo cierto contenido (sombragris.org). Sin embargo, vengo escribiendo algunos artículos en Facebook desde hace tiempo, pero estoy cada vez menos satisfecho con esa red social.

La respuesta obvia era iniciar un blog nuevo en castellano o aprovechar este blog en inglés. Ambas posibilidades traían consigo sus propias complicaciones. Finalmente me decidí por ampliar el blog en inglés. De este modo creo que podemos acceder a la mejor solución.

Entonces: a partir de hoy iniciamos este camino: bloguear en castellano para quienes prefieren leerme en ese idioma. Una tarea nada sencilla, pero que considero que debo hacerla.

¿Significa eso que dejo Facebook? Ya quisiera… pero no. Hay demasiado invertido en ella como para dejarla abruptamente. Pero, a partir de ahora, en vez de un posteo propio, voy a compartir un enlace a artículos del blog cada vez que quiera decir algo importante.

Espero contar con el apoyo y participación de ustedes. ¡Que Dios les bendiga!

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